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El 17 de julio de 1936, el capitán aviador Virgilio Leret destinado en Melilla como Jefe de la Base de Hidros del Atalayón, junto con su mujer Carlota O'Neill y sus hijas Mariola y Loti, que le acompañaban pasando con él sus vacaciones de verano, asistieron con brutal y desgarradora cercanía al inicio de la Guerra Civil española, desatada en los territorios africanos por un grupo de militares sublevados contra la legalidad constitucional republicana. Virgilio y unos pocos leales son pronto rendidos por los asaltantes y al poco fusilados, en un acto que vino a constituirse como la primera de una larga serie de ignominias perpetradas por los rebeldes.
Este joven y culto piloto militar de aeroplano, sacrificado a la temprana edad de 33 años, ingeniero mecánico-electricista y primer inventor de un motor de reacción (“Mototurbocompresor de Reacción Continua”) ya patentado en 1935, había sido profusamente condecorado por el Rey Alfonso XIII por múltiples actuaciones heroicas en la Campaña de Marruecos, y, lo mismo que su esposa Carlota O`Neill, profesaba devoción por los ideales republicanos y progresistas. También escritor ocasional, fue en la faceta literaria y periodística superado por Carlota, de brillante e inspirada pluma y una de aquellas esforzadas mujeres pioneras que habían depositado sus anhelos de mejora para todos en la reciente y esperanzada República instruida y liberal.
 En la noche del 22 de julio Carlota fue detenida por el delito de ser esposa de un militar fiel a su juramento y no adherido al golpe de los insurrectos y encarcelada en la Prisión de Victoria Grande, donde permaneció cinco años mientras sus hijas eran confinadas en un orfanato de Aranjuez. Más tarde, y después de innumeras penalidades, se vio obligada a tomar el amargo camino del exilio en México y Venezuela.
Fue en medio del desamparo de su injusta prisión donde gestó la singular obra “Una mujer en la guerra de España”, uno de los testimonios personales más valiosos sobre la Sublevación del 36, sobre la guerra y los desmanes de la victoria, en la que nos sumerge, de la mano de su infortunio, en el tenebroso mundo carcelario femenino del franquismo. Exquisitamente sensible y emotiva, alumbró también durante el último año de su cautiverio las “Romanzas de las Rejas”, un conjunto de prosas poéticas en las que aletean latidos rubenianos y donde se revela como una de las más originales escritoras españolas. De ese ramillete de belleza entresacado de una realidad cruel, oscura y opresiva tomamos para mostrar aquí la mirada que Carlota dirige a las llaves, instrumento y herramienta que condensa como ninguno el sentimiento de la cárcel y todas sus frustraciones y esperanzas.